Encuentra aquí algunas de las principales oraciones de la tradición católica para fortalecer tu vida espiritual y acercarte más a Dios.
La **Liturgia de las Horas** es la oración oficial de la Iglesia, por la cual el Pueblo de Dios santifica el curso del tiempo mediante la alabanza, la acción de gracias y la escucha de la Palabra divina. En comunión con Cristo y con toda la Iglesia, constituye un solemne acto de culto que eleva incesantemente la voz de los fieles al Padre, haciendo presente el misterio de la salvación en el ritmo cotidiano de la vida.
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor Dios nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios. No desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita! Amén.
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de Santa María Virgen; padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso; desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.
Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre. Por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Alma de Cristo, santifícame. Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. ¡Oh buen Jesús!, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de Ti. Del enemigo maligno defiéndeme. En la hora de mi muerte llámame. Y mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén.
Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia o reclamado vuestro socorro haya sido abandonado de Vos. Animado por esta confianza, a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. No desechéis mis súplicas, ¡oh Madre del Verbo Encarnado!, antes bien escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.
Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo, que me perdería, hasta que me pongas en paz y alegría con todos los santos, Jesús, José y María. Amén.
V. El Ángel del Señor anunció a María.
R. Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo.
Dios te salve, María...
V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mí según tu palabra.
Dios te salve, María...
V. Y el Verbo se hizo carne.
R. Y habitó entre nosotros.
Dios te salve, María...
V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Oremos: Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, para que quienes hemos conocido, por el anuncio del Ángel, la Encarnación de tu Hijo Jesucristo, lleguemos por su Pasión y su Cruz a la gloria de la Resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Reina del cielo, alégrate, aleluya. Porque el Señor, a quien has merecido llevar, aleluya. Ha resucitado según su palabra, aleluya. Ruega al Señor por nosotros, aleluya. Gózate y alégrate, Virgen María, aleluya. Porque verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya. Oremos: Oh Dios, que por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, has llenado el mundo de alegría; concédenos, por intercesión de su Madre, la Virgen María, alcanzar los gozos eternos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Gozosos 1. La encarnación del Hijo de Dios. (Lc 1, 26-38) 2. La visitación de Nuestra Señora a Santa Isabel. (Lc 1, 39-45) 3. El nacimiento del Hijo de Dios. (Lc 2, 1-7) 4. La Presentación del Señor Jesús en el templo. (Lc 2, 22-34) 5. La Pérdida del Niño Jesús y su hallazgo en el templo. (Lc 2, 41 en adelante) Dolorosos 1. La Oración de Nuestro Señor en el Huerto de Getsemaní. (Mc 14, 32-38) 2. La Flagelación del Señor. (Mc 15, 15) 3. La Coronación de espinas. (Mc 15, 16-19) 4. El Camino del Monte Calvario cargando la Cruz. (Mc 15, 21-22) 5. La Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor. (Jn 19, 18-30) Luminosos 1. El Bautismo en el Jordán. (Mc 1, 9-10) 2. La autorrevelación en las bodas de Caná. (Jn 2, 1-11) 3. El anuncio del Reino de Dios invitando…
Gloriosos 1. La Resurrección del Señor. (Mt 28, 1-6) 2. La Ascensión del Señor. (Mc 16, 19-20) 3. La Venida del Espíritu Santo. (Hch 2, 1-4) 4. La Asunción de Nuestra Señora a los Cielos. (Cant 6, 10; Sal 132, 8; Ap 12, 1) 5. La Coronación de la Santísima Virgen. (Ap 12, 1; Le 1, 32; Jr 13, 18)Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Tú quien eres, Bondad infinita, y porque te amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberte ofendido. También me pesa porque puedes castigarme con las penas del infierno. Ayudado de tu divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. V. Envía tu Espíritu y serán creados. R. Y renovarás la faz de la tierra. Oremos. Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo; concédenos gustar siempre el bien según el mismo Espíritu y gozar siempre de sus consuelos. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
Dales Señor el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.
A ti, bienaventurado San José acudimos en nuestra tribulación; y, después de invocar el auxilio de tu Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente tu patrocinio. Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, te tuvo unido, y por el paterno amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos vuelvas benigno los ojos a la herencia que Jesucristo adquirió con su sangre, y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades. Protege, providentísimo custodio de la Sagrada Familia, la descendencia escogida de Jesucristo; aparta de nosotros toda mancha de error y corrupción; asístenos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha contra el poder de las tinieblas. Y así como en otro tiempo libraste al Niño Jesús del inminente peligro de la vida, así ahora defiende a la Santa Iglesia de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad; y a cada uno de nosotros protégenos con tu constante patrocinio, para que, sostenidos por tu ejemplo y auxilio, podamos vivir santamente, morir piadosamente y alcanzar la eterna bienaventuranza en el cielo. Amén.
San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén.
Sagrado Corazón de Jesús, fuente de amor y de misericordia, hoy me consagro enteramente a Ti. Te entrego mi vida, mi corazón, mi alma, mis pensamientos, mis palabras y mis obras.Haz que te ame cada día más, que viva según tu Evangelio y que en todo busque cumplir la voluntad del Padre. Perdona mis pecados, fortalece mi fe, aumenta mi esperanza y enciende en mí la caridad.Recíbeme como cosa y posesión tuya. Protégeme en las pruebas, acompáñame en el camino de la santidad y haz que nunca me aparte de tu amor. Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío. Amén.
Oh, María, Virgen poderosísima y Madre de misericordia, Reina del Cielo y Refugio de los pecadores: Yo, (nombre), pecador infiel, renuevo y ratifico hoy en tus manos los votos de mi bautismo. Renuncio para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras; y me consagro enteramente a Jesucristo, la Sabiduría Encarnada, para llevar mi cruz en pos de Él todos los días de mi vida y serle más fiel de lo que he sido hasta ahora. En presencia de toda la corte celestial, te elijo hoy por mi Madre y Señora. Te entrego y consagro, como esclavo tuyo, mi cuerpo y mi alma, mis bienes interiores y exteriores, y aun el valor de todas mis buenas obras, pasadas, presentes y futuras, dejándote un entero y pleno derecho de disponer de mí y de cuanto me pertenece, sin excepción, según tu voluntad, para la mayor gloria de Dios en el tiempo y en la eternidad. Recibe, Madre bondadosa, esta pequeña ofrenda de mi esclavitud, en honor y unión de la sumisión que la Sabiduría Eterna quiso tener a tu maternidad; en homenaje al poder que ambos tienen sobre este pobre pecador; y en acción de gracias por los privilegios con que la Santísima Trinidad te ha favorecido. Prometo que, en adelante, procuraré, como verdadero esclavo tuyo, buscar tu honra y obedecerte en todo. ¡Oh Madre admirable! Preséntame a tu amado Hijo como esclavo eterno, para que, habiéndome redimido por ti, me reciba también por ti. ¡Oh Madre de misericordia! Concédeme la gracia de obtener la verdadera sabiduría de Dios y de colocarme, por ello, en el número de aquellos a quienes tú amas, enseñas, guías, alimentas y proteges como hijos y esclavos tuyos. ¡Oh Virgen fiel! Hazme en todas las cosas un discípulo, imitador y esclavo perfecto de Jesucristo, tu Hijo, la Sabiduría Encarnada, para que, por tu intercesión y a ejemplo tuyo, llegue a la plenitud de su edad sobre la tierra y de su gloria en el cielo. Amén.
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre. Amén.
Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abraham. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.
Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
Oh Jesús, Pontífice Eterno, Buen Pastor, Fuente de vida, que por singular generosidad de tu dulcísimo Corazón nos has dado nuestros sacerdotes para que podamos cumplir plenamente los designios de santificación que tu gracia inspira en nuestras almas; te suplicamos: ven y ayúdalos con tu asistencia misericordiosa. Sé en ellos, oh Jesús, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que tu palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de tu vida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas. Concédeles, oh Señor, desprendimiento de todo interés terreno y que solo busquen tu mayor gloria. Concédeles ser fieles a sus obligaciones con pura conciencia hasta el postrer aliento. Y cuando con la muerte del cuerpo entreguen en tus manos la tarea bien cumplida, dales, Jesús, Tú que fuiste su Maestro en la tierra, la recompensa eterna: la corona de justicia en el esplendor de los santos. Amén.